Por Betina Duré, codirectora de la Comisión de Diversidad & Cultura Ética – AAEC
A veces una noticia deportiva nos obliga a mirar mucho más allá de una cancha. La historia del equipo femenino de fútbol de Afganistán es una de esas historias.
En 2021, con el regreso de los talibanes al poder, las mujeres y niñas afganas quedaron sometidas a restricciones que alcanzaron prácticamente todos los ámbitos de su vida, incluyendo educación secundaria y universitaria, acceso al empleo, participación en el espacio público y también deportiva.
Las futbolistas tuvieron que huir.
Muchas dejaron atrás sus familias, sus hogares, sus proyectos y una parte de la vida que habían construido.
Algunas se escondieron durante días. Otras llegaron al aeropuerto de Kabul bajo circunstancias que describieron como aterradoras. Algunas tuvieron que abandonar a familiares que no pudieron escapar.
Y, sin embargo, siguieron jugando.
A miles de kilómetros de su país, en Australia, volvieron a reunirse. Entrenaron. Compitieron. Construyeron una nueva identidad colectiva.
No estaban solamente intentando recuperar una carrera deportiva.
Estaban defendiendo algo mucho más profundo: el derecho a elegir quiénes quieren ser y qué quieren hacer con sus propias vidas.
Durante años, además, ni siquiera pudieron representar oficialmente a su país. El equipo quedó atrapado en una situación absurda: las jugadoras estaban fuera de Afganistán, pero las reglas internacionales impedían que pudieran competir oficialmente como selección nacional.
En abril de 2026, FIFA modificó sus reglas y abrió finalmente la posibilidad de que las jugadoras afganas exiliadas puedan representar oficialmente a Afganistán en competiciones internacionales¹.
Aunque los contextos son incomparablemente distintos, la existencia de barreras visibles o invisibles para el acceso a oportunidades constituye un desafío presente en muchas sociedades y organizaciones.
Es una conquista importante. Pero también debería interpelarnos.
¿Cuánto camino falta todavía para que una mujer pueda simplemente hacer lo que un hombre puede hacer sin que su género se convierta en una barrera?
El Informe Global de Brecha de Género 2025 del World Economic Forum² muestra que el mundo ha cerrado el 68,8% de la brecha de género. Pero ninguna de las 148 economías analizadas alcanzó todavía la paridad completa. Al ritmo actual, la estimación es de 123 años para alcanzar la paridad global.
Y las desigualdades más profundas aparecen justamente allí donde se concentra el poder. La participación económica y las oportunidades presentan una brecha global de apenas 61% cerrada, mientras que la dimensión de empoderamiento político alcanza solo el 22,9%.
No estamos hablando solamente de Afganistán. Estamos hablando de una problemática global, de mujeres que todavía enfrentan barreras para acceder a puestos de decisión, de brechas salariales, de segregación ocupacional, de responsabilidades de cuidado distribuidas de manera desigual, de sesgos que condicionan carreras profesionales, de violencia y acoso, de espacios donde todavía se cuestiona la autoridad y la capacidad o incluso la presencia de las mujeres.
ONU Mujeres advierte que, a nivel global, persisten barreras importantes para la igualdad laboral, entre ellas las brechas salariales, las menores oportunidades de liderazgo, la segregación ocupacional y la desigual distribución de las tareas de cuidado.
Por eso, la historia de estas futbolistas parece tan poderosa, porque nos recuerda que la discriminación puede ser explicita pero no siempre aparece como una prohibición expresa, muchas veces aparece como una puerta que no se abre, como una oportunidad que nunca llega, como una regla aparentemente neutral que termina dejando afuera a determinadas personas, como un estereotipo que dice «esto no es para vos». Y en los casos más extremos, como en Afganistán, aparece directamente como la prohibición de existir en determinados espacios.
Pero hay algo más que quisiéramos destacar.
La diversidad no consiste solamente en permitir que alguien esté presente, consiste en garantizar que pueda participar, desarrollarse, decidir y tener las mismas oportunidades y la inclusión no puede medirse únicamente por cuántas mujeres logramos incorporar, también debemos preguntarnos:
¿Qué barreras siguen existiendo para que puedan llegar?
¿Quiénes tienen acceso a las oportunidades?
¿Quiénes quedan afuera?
¿Qué estamos haciendo para cambiar las reglas, los sesgos y las culturas que reproducen esas desigualdades?
La historia del equipo femenino afgano nos deja una enorme lección:
A veces, jugar un partido puede ser un acto de resistencia, pero nuestro desafío como sociedad debería ser mucho mayor:
Que algún día ninguna mujer tenga que ser una heroína para poder simplemente jugar.
Que no tenga que demostrar valentía para ejercer sus derechos.
Que la igualdad deje de ser una aspiración y se convierta, finalmente, en una realidad cotidiana.
Porque todavía estamos lejos y reconocerlo es el primer paso para transformar aquello que todavía naturalizamos ya que la diversidad no se transforma con buenas intenciones. Se transforma cuando alguien decide hacer algo diferente.
Mientras mujeres como las futbolistas afganas tienen que luchar para poder hacer aquello que aman, en muchas organizaciones estamos viendo cómo las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión pierden espacio, presupuesto y prioridad.
No creemos que este sea el momento de retroceder.
Es precisamente cuando el contexto se vuelve más complejo cuando las organizaciones tienen que preguntarse qué valores están dispuestas a sostener.
La diversidad no puede depender de las tendencias del momento, de una campaña, de una efeméride o de que hablar de estos temas resulte cómodo.
La diversidad debiera entenderse como un componente relevante de la gestión del talento, la innovación y la sostenibilidad organizacional.
Por eso, nuestra invitación a las empresas es concreta:
No abandonen la agenda de diversidad. Profundícenla.
Miren sus datos.
Revisen sus procesos.
Identifiquen las barreras.
Escuchen a las personas.
Formen a sus líderes.
Generen oportunidades.
Midan lo que hacen.
Y, sobre todo, conviertan sus compromisos en decisiones.
Porque mientras algunas mujeres todavía luchan por tener la posibilidad de elegir, no podemos darnos el lujo de que quienes tenemos la posibilidad de transformar las organizaciones elijamos no hacer nada.
La diversidad no necesita solamente discursos.
Necesita empresas que estén dispuestas a tomar acción.
¹ FIFA, «Con una reforma de gobernanza histórica, la FIFA y la AFC hacen posible que las mujeres afganas representen a su país en partidos oficiales», 29 de abril de 2026, disponible en: https://inside.fifa.com/es/organisation/media-releases/reforma-gobernanza-historica-mujeres-afganas-representen-pais-partidos-oficiales
² World Economic Forum (2025). Global Gender Gap Report 2025: Benchmarking gender gaps, 2025. https://www.weforum.org/publications/global-gender-gap-report-2025/in-full/benchmarking-gender-gaps-2025/

























