Por María Victoria Burden Raigada, Graduada CEC y Ethics & Compliance Counsel Manager en Accenture Argentina.
En el ejercicio diario de compliance, estamos entrenados para identificar riesgos, alertar sobre conductas indebidas y proteger la integridad de la organización. Los fraudes dentro de una compañía, aunque variados en forma y magnitud, tienen un elemento en común: su capacidad de parecer legítimos. Un estado de cuentas manipulado, un informe financiero maquillado o una justificación creativa de un gasto irregular pueden presentarse con apariencia impecable, generando una sensación de certeza que, si no se analiza críticamente, puede pasar desapercibida.
Recientemente, al ver una entrevista al Fiscal Federico Delgado sobre el caso Odebrecht, me llamó la atención una frase que ilustra este punto: “Si uno se despoja de cualquier tipo de perjuicio moral, la obra es admirable”. Delgado explicaba cómo la estructura de la red de corrupción estaba tan bien organizada que era extremadamente difícil distinguirla, incluso para quienes tenían el deber de supervisarla y controlarla. Esa dificultad de reconocer lo que es verdadero y lo que es fraudulento nos recuerda, a quienes trabajamos en compliance, que la apariencia de legitimidad puede ser muy convincente, aunque el contenido sea claramente dañino o ilícito.
Curiosamente, este mismo principio aplica a las alucinaciones de la inteligencia artificial. Un modelo de IA puede generar textos, datos o análisis que suenan coherentes y verosímiles, incluso técnicos, pero que son incorrectos o inventados. Al igual que un fraude corporativo bien elaborado, la información alucinada por la IA tiene un “aspecto real” que puede engañar al usuario. La diferencia es que, mientras en el fraude el engaño proviene de una intención humana, en la IA proviene de limitaciones del modelo; pero el efecto sobre nuestra percepción de la realidad puede ser sorprendentemente similar.
Esta comparación tiene implicancias profundas para quienes trabajamos en ética y compliance. Tanto frente a un posible fraude como ante una respuesta de IA que parece correcta, nuestra herramienta más valiosa es el discernimiento. No podemos aceptar automáticamente lo que parece real: debemos aplicar nuestros conocimientos, experiencia y juicio crítico para evaluar la veracidad de la información. El proceso de revisión, verificación y contraste de datos sigue siendo insustituible, incluso cuando la fuente parece confiable.
Actuar con ética en estos escenarios implica ser proactivos: cuestionar la información, analizar inconsistencias y validar fuentes. Así como en el fraude corporativo no basta con confiar en un documento por su formato o presentación, en la era de la IA no basta con confiar en la fluidez, la coherencia o la sofisticación de una respuesta generada automáticamente. La integridad de las decisiones depende de nuestra capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, lo correcto de lo inventado.
En última instancia, la lección es clara: tanto los fraudes como las alucinaciones de IA nos recuerdan que la apariencia de certeza no garantiza la verdad. En ambos casos, el conocimiento, la formación ética y la prudencia son los instrumentos que nos permiten actuar correctamente, proteger a la organización y mantener la confianza en nuestros procesos. Nuestra función no es solo detectar errores o irregularidades, sino ejercer un juicio informado que transforme la información, por más convincente que parezca, en decisiones responsables y éticas.
Este artículo fue escrito a título personal y las opiniones expresadas en el mismo son exclusivamente mías y no reflejan necesariamente las de mi empleador, Accenture.



























