Las opiniones expresadas en este contenido pertenecen exclusivamente al autor y no reflejan necesariamente la postura, opinión oficial ni las políticas de la Asociación Argentina de Ética y Compliance (AAEC).
Una organización no puede afirmar que cumple una norma si quienes deben aplicarla, o necesitan ejercer sus derechos, no la comprenden.
Un consentimiento firmado no es lo mismo que un consentimiento comprendido. El I Foro de Lenguaje Claro en Medicina, celebrado en Madrid en mayo de 2026, lo hizo explícito con todas las letras: la claridad dejó de ser una virtud médica y pasó a ser una obligación exigible. Este artículo recorre esa evidencia, propone la auditoría de claridad como herramienta concreta de gestión de riesgo en compliance, y sitúa a la Argentina frente a una oportunidad que todavía está abierta.
Por Betina Bensignor, Asociada AAEC.
La palabra construye. Y también lo contrario: puede destruir un acuerdo, un derecho o años de confianza. La palabra nombra, pero también ignora. Un monosílabo cambia el futuro de alguien cuando responde a preguntas como “¿Acepta por esposo a…?”, o “¿autoriza la desconexión del soporte vital?”.
En salud, las palabras son la materia prima de la decisión, la herramienta con la que trabaja el compliance. Una política vale lo que vale la comprensión de quien la lee. Si el paciente o el médico no la entienden, ¿de quién es la responsabilidad?
El compliance en salud genera documentos para que hospitales, clínicas, laboratorios, obras sociales, prepagas y empresas de tecnología médica actúen conforme a la ley y a las buenas prácticas del sector. En tal sentido, protege la seguridad y los derechos de pacientes y profesionales, previene fraudes y conflictos de interés, garantiza transparencia y reduce riesgos legales y reputacionales.
El sector de la salud carga con una densidad regulatoria y documental inmensa. Cuando esa carga se transmite en lenguaje técnico o jurídico inaccesible, ese vacío se llena de riesgos.
Hagamos doble click en el verbo transmitir, usado en el párrafo anterior. Transmitir una información es un proceso de una sola vía: del emisor al receptor. El informe meteorológico es un ejemplo: enciendo la radio, y cuando escucho el pronóstico para el día doy por terminado el proceso, ya sé que tendré que llevar paraguas. Encontré lo que quería saber. El proceso de comunicación, en cambio, es de doble vía. La comunicación de un protocolo no termina cuando lo envío por mail, sino cuando me aseguro de que el lector lo recibió, lo leyó, lo comprendió y lo usó; algo sabido por todos, o la mayoría, y sin embargo puesto en práctica por muy pocos.
El lenguaje claro, como instrumento al servicio de la comprensión, permite que un médico, una enfermera o un farmacéutico entiendan en segundos qué deben hacer, por qué y cómo actuar frente a una situación concreta. Ahí el compliance empieza a funcionar como sistema de apoyo. Y de cocreación, si buscamos que el destinatario se involucre, y más aún, haga o deje de hacer algo puntual.
La evidencia más actual del uso del lenguaje claro en medicina
En mayo de 2026, la Real Academia Nacional de Medicina de España realizó el primer Foro de Lenguaje Claro en Medicina junto con la Red Panhispánica de Lenguaje Claro de la RAE. Sus conclusiones son, hoy, la evidencia más reciente y de mayor autoridad conectado con el trabajo del compliance en salud.
Antonio Muñoz Machado, director de la RAE, abrió el Foro con una frase irrefutable: “los lenguajes más criticados por su falta de claridad son el de los juristas y el de los médicos, los dos con más poder sobre nuestras vidas: uno dice qué podemos hacer, el otro dice qué nos pasa”.
Los números respaldan esta observación: el 70 % de errores médicos se origina en fallas de comunicación. El 78 % de los textos administrativos no son claros para los ciudadanos. Según la OCDE, el 58 % de los adultos no alcanza el nivel de comprensión necesario para interpretar un texto de complejidad media. Peter Drucker ya lo había anticipado desde la gestión: el 60 % de los problemas de una empresa nacen de una comunicación deficiente.
La tesis central del Foro marca un cambio de paradigma: la comunicación clara deja de ser un gesto de buena voluntad y pasa a ser una obligación inherente al acto médico. Un buen profesional de la salud, hoy, tiene que ser también un buen comunicador. Este cambio queda bajo el radar del cumplimiento.
El puente con el compliance
Para un compliance officer, esta tesis redefine las herramientas: un consentimiento firmado no equivale a comprendido. Si el documento resulta cognitivamente inaccesible, lo que existe es compliance de cobertura, sin validez ética ni fáctica.
La opacidad documental genera consecuencias medibles cuando hablamos de consentimientos defectuosos, errores de adherencia a tratamientos, indicaciones mal comprendidas, reclamos, litigios y desvíos regulatorios. El Foro fue categórico: rigor científico y claridad no compiten, se complementan. La excelencia técnica incluye la capacidad de ser entendido, ese es el desafío y el objetivo de cada texto.
Hay otra dimensión de derechos cuyo impacto el compliance debe contemplar: comunicar igual a todos no es sinónimo de equidad. Un texto opaco afecta de manera desproporcionada a personas mayores, pacientes en situación emocional crítica, migrantes o con baja alfabetización sanitaria. Esta desigualdad, producida por una política en apariencia neutral es, en compliance, discriminación indirecta. La clave es entender que la claridad no es un estilo de redacción de moda, sino la manera más efectiva de prevenir una vulneración de derechos.
Belén Delgado Díez, del Ministerio de Sanidad de España, afirmó en el Foro: “El lenguaje claro no puede depender de la buena voluntad de cada médico o cada redactor. Necesita ser política, protocolo, criterio transversal. Necesita ser sistema”.
En su intervención, Manuela Sánchez González, de la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas, propuso: “Pasar de ´yo informé´ a verificar si ´el otro comprendió´. Esto entra en consonancia con la premisa básica de lenguaje claro: una comunicación es clara cuando quien la recibe puede encontrar la información que busca, puede entenderla y usarla. Cualquiera de estos tres términos que falte en la ecuación da por nula la comprensión.
Las auditorías de claridad
Las organizaciones auditan procesos, controles, canales de denuncia. Pero muy pocas auditan si las personas entienden lo que leen. Acá aparece una herramienta poco instalada en la Argentina: la auditoría de claridad.
Auditar la claridad significa revisar cada pieza de comunicación en función de tres preguntas: quién tiene que entenderla, qué pasa si no la entiende, qué costo tiene esa incomprensión. Cada documento puede someterse a esta revisión antes de salir a producción, igual que se audita un balance o un proceso de compras.
Se basa en objetivos tales como describir con absoluta nitidez, por ejemplo, cuáles son las acciones esperables tanto como las inaceptables. En su ausencia, entramos en el terreno de los riesgos, entre ellos, los que describe la siguiente tabla.
Matriz de riesgo por falta de claridad.
El punto de inicio es abordar un trabajo transdisciplinario. Adaptar un contenido a la comprensión del destinatario requiere un equipo de comunicadores que traduzcan la complejidad a lenguaje de divulgación, diseñadores capacitados en accesibilidad, especialistas en experiencia digital, psicopedagogos y por supuesto, oficiales de compliance que sostengan el marco normativo detrás de cada palabra. En esta estructura el lenguaje claro se vuelve una arquitectura organizacional donde la última palabra la tiene la figura del validador de contenidos, que es quien establece cuándo un texto alcanzó la claridad y cuándo requiere ajustes.
Para lograr una comprensión cabal debemos incluir también lo visual y lo emocional. La medicina gráfica, el cómic, la infografía, el instructivo con imágenes permiten pasar de informar, a lograr la comprensión efectiva.
La inteligencia artificial entró en esta conversación, y el Foro fue prudente al respecto. Las herramientas de IA son un apoyo real, por supuesto. Así como no nos cuestionamos si hacer una cuenta a mano o con calculadora, hoy no necesitamos plantearnos si usar o no estas herramientas. La pregunta es para qué sí y cuándo no, quién valida la fiabilidad de la información y quién le otorga validez a cada término, sigla y concepto. La conclusión fue: la validación del contexto, la seguridad clínica y responsabilidad final son, de forma estricta, humanas. Un algoritmo puede sugerir un sinónimo inexacto y cambiar el sentido clínico de una frase o una sigla.
Lo que ya empezó a pasar y el momento de Argentina
Academias y organismos públicos adhirieron a la declaración final del Foro: “Lo que hoy es recomendación, mañana es auditoría”. Esta frase resume hacia dónde va el contexto regulatorio, y ya tiene evidencia concreta detrás.
En 2023, se publicó la ISO 24495-1, la primera norma internacional de lenguaje claro. Establece principios y directrices para redactar comunicaciones que se puedan comprender y utilizar. Destaca que “podrán beneficiarse todos los sectores profesionales (…) en los ámbitos jurídico, sanitario, público, gubernamental y empresarial, donde la información tiene un impacto directo en la toma de decisiones fundamentales y en los derechos de las personas”.
Propicia “la comunicación que pone al lector en primer lugar y considera lo que quiere y necesita saber; su nivel de interés, experiencia, alfabetización y contexto”.
Esta ISO establece el primer estándar internacional para redactar documentos comprensibles. En el ámbito de la salud, este marco fortalece la calidad de la comunicación y aporta un criterio objetivo para la gestión del riesgo, el cumplimiento y la protección de los derechos de pacientes y profesionales.
En la Unión Europea, esto se convirtió en obligación: el European Accessibility Act, (2025), exige información clara, comprensible y bien organizada en buena parte de productos y servicios digitales entre ellos, webs de organismos y prestadores de salud. A su vez, el artículo 12 del Reglamento General de Protección de Datos exige “que toda comunicación sobre datos personales use un lenguaje claro y sencillo”.
La tendencia es clara: el lenguaje claro se consolida como estándar de calidad, de gobernanza y de responsabilidad institucional. Las academias y organismos que adhirieron a la declaración final del Foro plantearon ante la ONU el reconocimiento del derecho a comprender como un nuevo DDHH. Una petición similar elevamos profesionales de la comunicación y organismos internacionales para instaurar un nuevo ODS: el ODS 18 por una comunicación clara, ética y responsable.
En Argentina hay mucho por hacer en esta materia. El diagnóstico es: estamos ante una oportunidad real, y el compliance en salud tiene un rol central para instalar la claridad como práctica de gestión.
Catón el Viejo decía que leer y no entender es como no leer. Cada organización hoy comunica el qué: lo que espera de las personas. El desafío es lograr también el cómo: que esas personas lo comprendan. Porque en salud, no entender puede costar demasiado.
Me gusta terminar las charlas y entrenamientos con un lema que acuñé hace unos años: “Decilo claro. Hablar difícil no te hace más experto. Sólo te vuelve menos entendible”. Gracias por ser parte de esta conversación. Salud.



























