Por Cristina Devoto, Sergio Konsztadt y Roberto Mendenson directores de la Comisión de Compliance en Salud AAEC.
Hace diez años, un grupo de colegas de la Asociación Argentina de Ética y Compliance con trayectorias profesionales dentro de la industria de la salud comenzamos a reunirnos para conversar sobre Compliance.
Éramos solo unos pocos: los temas parecían más acotados y muchas preguntas recién buscaban tomar forma. Con el tiempo, se sumaron más interlocutores, más profundidad, complejidad y sentido de comunidad.
Hoy nos tomamos una pausa para observar este recorrido. Y aparece una pregunta que sigue (y seguirá) abierta: ¿cómo construimos confianza en una industria sensible y altamente regulada, donde cada decisión impacta en la salud de las personas?
La confianza (eso que mueve al mundo)
Dicen que sin confianza es imposible que funcione el mundo. Cuando confiamos, podemos apoyarnos en algo o alguien sin la presión de tener que controlarlo todo. Es creer que del otro lado hay criterio, responsabilidad, coherencia.
Y en salud, la confianza tiene un peso particular porque atraviesa el vínculo primordial entre pacientes y profesionales, entre profesionales e industria, entre organizaciones y Estado, entre equipos internos, proveedores, distribuidores, financiadores y reguladores. En definitiva, atraviesa un sistema complejo, integrado por múltiples actores, donde la confianza resulta indispensable y, al mismo tiempo, especialmente difícil de construir y sostener.
A comienzos de 2016, no todos llegábamos a la conversación de Compliance desde el mismo lugar.
Las empresas multinacionales ya venían trabajando bajo marcos exigentes en materia de promoción responsable, anticorrupción, controles internos e interacción con profesionales de la salud. Para varios actores locales, en cambio, el Compliance aparecía de manera más indirecta: como requisito de una contraparte multinacional, condición contractual, pedido de debida diligencia o respuesta ante una auditoría.
También empezó a cambiar la forma de mirar la relación entre la industria y los profesionales de la salud: pagos, patrocinios, colaboraciones, gimmicks (elementos con recordatorio de marca) servicios profesionales y transferencias de valor dejaron de ser temas meramente operativos. Empezaron a exigir mejores criterios, más documentación y más claridad sobre actividades legítimas, conflictos de interés e interacciones responsables.
¿Quiénes éramos, en aquel entonces?
Ciertamente éramos muchos menos quienes hablábamos de Compliance. Dentro de la Asociación, un grupo de profesionales con trayectorias dentro de la industria de la salud sentimos la necesidad de crear un espacio para conversar sobre las problemáticas propias de nuestro quehacer cotidiano en una industria que sin dudas es una de las más sensibles, y que por ese motivo es también una de las más reguladas en el mundo. Pensamos en un espacio que fuera nuestro, para conversar en un ámbito cercano y profesional.
Así, en 2016, nació nuestra Comisión, que en un principio se denominó Comisión de Compliance en la Industria de las Especialidades Medicinales y Dispositivos Médicos, por iniciativa de Sergio Konsztadt, Cristina Devoto y Lorena Talavera. Lorena nos acompañó en los primeros pasos, fue parte importante de las primeras preguntas y de ese tiempo fundacional en el que empezábamos a darle forma a un espacio recién nacido. Por eso, en este aniversario, queremos agradecer especialmente su compromiso, su generosidad y su aporte a la construcción de esta historia. Un par de años después, Roberto Mendenson se sumó a la Dirección de nuestra Comisión, acompañando su crecimiento y la ampliación de su agenda.
Se fueron acercando entonces colegas de distintas áreas de la salud: laboratorios, consultores, estudios jurídicos y contables, con recorridos diversos, pero con una inquietud común: entender cómo construir confianza dentro del sistema de salud a través de una práctica de Compliance en Salud seria, útil y sostenible en el siempre complejo y desafiante contexto argentino.
Nos encontrábamos presencialmente, con un tema elegido con cuidado, y un eje claro: ordenar prácticas. Hablábamos de códigos de conducta, promoción responsable, interacciones con profesionales de la salud, patrocinios, congresos científicos, documentación, aprobaciones internas, límites y controles.
En esos primeros años, la influencia de estándares internacionales y códigos de referencia fue relevante. Poco a poco, esas conversaciones fueron impactando en las prácticas locales y en la manera en que las organizaciones argentinas del sector comenzaron a ordenar sus propios programas.
Entre 2012 y 2015 se consolidaron revisiones relevantes de códigos de conducta a nivel global, con especial atención en límites a incentivos, promoción, educación médica, documentación, valores justos de mercado y evidencia suficiente para respaldar las decisiones. La transparencia dejó de ser una aspiración general para convertirse en una exigencia concreta de gestión.
Buena parte de esa evolución estuvo impulsada por estándares internacionales que fueron elevando las expectativas sobre las prácticas de la industria. Cada actualización de esos marcos planteaba nuevas preguntas y desafíos de implementación. Nuestra Comisión buscó acompañar ese proceso, ofreciendo un espacio para comprender esos cambios, compartir experiencias y construir criterios de aplicación acordes con la realidad local.
El siguiente tramo de la conversación estuvo marcado por una mayor profesionalización de los programas de integridad. Ya no se trataba solamente de definir qué estaba permitido y qué no. Empezó a importar cada vez más cómo se documentaban las decisiones, cómo se registraban las interacciones, cómo se evaluaban terceros, cómo se justificaban servicios, cómo se protegían los canales de denuncia y cómo se demostraba que el programa funcionaba en la práctica.
Llegó nuestra ley.
En Argentina, la Ley 27.401 de Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas marcó un punto de inflexión. Su entrada en vigencia en 2018 fortaleció la conversación sobre programas de integridad, especialmente en sectores con interacción frecuente con el Estado. En la industria de la salud, esa dimensión tiene una relevancia particular: el Estado es comprador, regulador, financiador, fiscalizador y actor central del sistema.
Las contrataciones públicas dentro del sistema de salud reforzaron la necesidad de contar con programas cada vez más robustos, trazabilidad de decisiones, controles adecuados y políticas claras para gestionar riesgos de corrupción, conflictos de interés e intermediarios.
Compliance comprendió que debía llegar antes a las conversaciones. A estar presente cuando se pensaba una estrategia, cuando se evaluaba un tercero, cuando se preparaba una licitación, cuando se diseñaba una interacción o cuando aparecía una decisión difícil o una situación incómoda.
En salud, eso importa especialmente. Muchas decisiones pueden parecer técnicas, comerciales o administrativas, pero también construyen -o deterioran- la confianza.
Compliance empezó a entrar en procesos, circuitos, aprobaciones, capacitaciones, auditorías, reportes, investigaciones internas y matrices de riesgo. También empezó a comprender que la conversación ética debía involucrar a toda la organización, y ello implicaba salir de nuestra oficina para observar mucho, aprender más, y conversar con Legales, Asuntos Médicos, Comercial, Acceso, Compras, Auditoría, Recursos Humanos, Marketing, Comunicaciones, Sistemas, Calidad, Farmacovigilancia y otras áreas del negocio.
Varias capas más de complejidad: la pandemia
La emergencia sanitaria puso a prueba a las organizaciones y al sistema de salud en condiciones excepcionales: urgencia, escasez, presión pública, contrataciones críticas, virtualidad acelerada, cadenas de suministro tensionadas y decisiones rápidas.
En ese contexto, los programas de Compliance tuvieron que sostener criterios de integridad en condiciones imperfectas, y en manera remota.
La urgencia visibilizó y complejizó aún más los riesgos.
Las compras críticas, la distribución de recursos, la continuidad operativa, los vínculos con terceros y los procesos de farmacovigilancia exigieron una mirada especialmente atenta.
También aparecieron desafíos inéditos: simplificar procesos sin perder controles; actuar con el pragmatismo que imponía la emergencia sin renunciar a estándares mínimos de integridad; y adaptar las salvaguardas conocidas a un contexto en el que la rapidez de respuesta también podía impactar en la atención de los pacientes.
La pandemia también aceleró otro camino de transformación: la digitalización de procesos sanitarios. La salud digital, la telemedicina, la historia clínica electrónica, el consentimiento informado, la protección de datos personales, la ciberseguridad y el secreto médico comenzaron a ocupar un lugar cada vez más relevante en la agenda de Compliance.
La Ley 25.326 de Protección de Datos Personales, sancionada en el año 2000, junto con normas sectoriales sobre historias clínicas, datos sensibles y derechos de los pacientes, obligó a repensar protocolos, accesos, resguardos y responsabilidades. En salud, los datos hablan de tratamientos, diagnósticos, decisiones médicas, trayectorias personales y derechos especialmente sensibles.
ConCiencIA: tres palabras en una
Más recientemente, la inteligencia artificial agregó una nueva capa de preguntas. No sólo por sus posibilidades de eficiencia, análisis y soporte a la gestión, sino también por sus impactos en privacidad, sesgos, responsabilidad, toma de decisiones y confianza. En un sector como el de la salud, cada innovación tecnológica trae oportunidades y, al mismo tiempo, exige criterios claros de uso responsable.
En paralelo, el Compliance en salud fue ampliando su mirada sobre terceros y cadenas de valor. Distribuidores, agentes, intermediarios, proveedores, prestadores y financiadores empezaron a ser observados con mayor atención. La debida diligencia, la evaluación de riesgos, el monitoreo y la trazabilidad se volvieron herramientas centrales para sostener programas más consistentes.
También creció el interés por la transparencia en el uso de recursos públicos. En un sistema donde conviven actores públicos y privados, la integridad pasó a formar parte de una discusión más amplia sobre confianza institucional.
La Comisión de Compliance en Salud de la AAEC fue acompañando esta evolución. Al principio, ciertos temas ocupaban naturalmente el centro: códigos, prácticas promocionales, interacciones con profesionales de la salud, conflictos de interés, documentación, aprobaciones y transparencia.
Con el tiempo, la agenda se fue ampliando: programas de integridad, terceros, investigaciones internas, canales de denuncia, cultura organizacional, salud digital, datos personales, nuevos entornos tecnológicos y confianza pública fueron sumando nuevas capas de análisis.
Tal vez uno de los aportes más valiosos de una comisión especializada sea ese: sostener un espacio donde las preguntas del sector puedan conversarse con continuidad, compartir experiencias, revisar prácticas, anticipar riesgos, construir criterio profesional y, siempre, hacer comunidad.
Hoy, el contexto es más exigente aún. El Compliance en salud se manifiesta en cómo una organización decide, documenta, comunica, investiga, se vincula con terceros, protege datos, usa tecnología y principalmente, cuida la confianza que recibe. En última instancia, esa confianza también pertenece a quienes ocupamos, ocuparemos o acompañaremos alguna vez el lugar más sensible del sistema: el de pacientes o cuidadores.
En retrospectiva, emociona reconocer cuánto cambió el panorama en esta industria tan querida y tan sedienta de confianza.
Celebrar los diez años de la Comisión es reconocer una trayectoria compartida y renovar un compromiso: seguir generando espacios donde el Compliance en Salud pueda pensarse con seriedad, experiencia, apertura y sentido humano.
Que nunca nos falten las preguntas para que la conversación siga construyendo confianza.


























